Parábolas

La araña y la maledicencia

Autor: R. Kent Hughes   

 

 

Walter Wangerin, en su recopilación de cuentos cortos “El ropavejero y otros pregones de fe”, recurre a la naturaleza para una espeluznante metáfora en cuanto al poder de la lengua. Dice que la araña hembra es por lo general viuda debido a una razón desconcertante: devora siempre a los que atrapa. Sus pretendientes solitarios así como los que la visitan, se convierten de inmediato en cadáveres, y su comedor es una morgue. La mosca que la visita, después de quedar cautiva, parecerá estar completa, pero la araña le habrá chupado todo lo que tenía adentro, convirtiéndola en un féretro hueco. 

La razón de ese macabro procedimiento es que la araña no tiene estómago y por eso no puede digerir nada dentro de su cuerpo. Mediante diminutos pinchazos, ella inyecta sus jugos digestivos en el cuerpo de la mosca de modo que las entrañas de ésta se desgarran, convirtiéndose en una tibia sopa. “Esta sopa es engullida vorazmente –dice Wangerin–, de la misma manera que la mayoría de nosotros engulle las almas ajenas después de haberlas cocinado en los diversos fermentos de: sentimientos de culpa, humillaciones, subjetividades y amor cruel; toda una gama de combinaciones agrias. Y algunos de nosotros somos tan expertos con la palabra hipodérmica que nuestros seres queridos continúan sentados y sonrientes, después del pinchazo, como si todavía siguieran vivos.”