Parábola de la familia

Pilar y Jacinto

 

 

Bajaba la familia desde la Jerusalén de la creación, de donde salió de las manos de Dios limpia de egoísmos y pura de hedonismos... Bajaba la familia a la Jericó de la vida, a la Jericó del mundo para cumplir el encargo de su Creador: procrear nuevos seres que fueran también hijos de Dios y dominar —sin egoísmos— la creación, haciendo que sirviera de recreo y de sustento a toda la raza humana. 
Al ir discurriendo por las tortuosas sendas de la Historia, llegó a la Jericó de nuestros modernos tiempos, donde reinan el ateísmo, el afán de poseer, de disfrutar, de libertad…

La indiferencia religiosa, el agnosticismo y el materialismo, que ignoran totalmente a Dios, despojaron a la familia de toda referencia a lo divino, a lo sobrenatural, a lo trascendente: Es ridículo rezar, porque lo que hay que hacer es trabajar y poseer para disfrutar; es superstición esperar un feliz más allá, porque lo que hay que hacer es gozar a tope el más acá.

La familia, herida de gravedad por el ateísmo reinante, privada de las fuerzas sobrenaturales, pronto cayó en manos del hedonismo barato, del placer inmediato.

Despojada de la fuerza divina que ayuda al sacrificio, se vio atacada por el egoísmo de la pareja, que se vio a sí misma como macho y hembra con sexo para disfrutar, y se olvidó que eran hombre y mujer, con sexualidad humana para procrear y educar. 
Y, cambiando así el gozo de los hijos por el disfrute egoísta de la genitalidad, pronto rompió la familia su unidad, cayendo en el divorcio, en el amante de turno, en la pareja sentimental que tanto se lleva en la moderna sociedad… y hasta en las parejas de hecho.

Estando así la familia, malherida en esta cuneta de la modernidad, acertó a pasar por allí un sociólogo, la estudió un buen rato y dijo: La familia está muerta. Hoy lo que se lleva es la individualidad, vivir independientemente o con pareja ocasional, sin compromiso serio.

Pasó después un psicólogo y, viéndola en grave estado, dijo: La familia ha sido una institución opresiva que no ha dejado a los hijos ser ellos mismos, con eso del amor, respeto y obediencia a sus progenitores… Lo mejor es que esta institución desaparezca. Ya es hora de que los niños y jóvenes crezcan sin represiones ni tabúes de ninguna clase. Así tendremos hombres libres y no traumatizados.

Más tarde acertó a pasar por allí un sacerdote y, viendo a la familia en tal extremo, la increpó diciendo: ¿Por qué no has hecho frente a tus ladrones y atacantes? ¿O es que estabas de acuerdo con ellos?

Finalmente pasó por allí Cristo, el Señor, y tuvo compasión de ella; le limpió con ternura sus heridas, la fortaleció con la sangre del Sacramento… y, sobre sus hombros, la llevó a la posada de la Iglesia; y a sus cuidadores les dio este encargo: La he comprado con mi sangre y quiero hacer de ella mi tierra amada. No la dejéis sola en el camino de la vida. Fortalecedla con mi pan y vino eucarísticos; orientadla y guiadla con mi palabra; asistidla con mi gracia.

Y los posaderos de la Iglesia tienen que ser fieles a Cristo cumpliendo escrupulosamente su encargo de amor y de protección a la familia. ¡Que así sea!