La culpa fue del digestivo

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No desperdiciaba ocasión que se le presentaba para gozar del placer de comer. 
Le gustaba engullir enormes cantidades, su estómago era más grande que el estómago de cualquiera. 
Aquella noche se pasó de comer y, claro, no pudo dormir. 
Al día siguiente los amigos le preguntaron: ¿cómo te fue? 
-No pude pegar el ojo, dijo el buen hombre. Comí muy bien, pero al final me dieron un té que me cayó 
muy mal.