No odiar

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Después de la primera guerra mundial, un sacerdote francés recolectaba fondos en Holanda, para la 
reconstrucción de una Iglesia en París, que había sido destruida. Al acercarse a un hombre, 
desconocido para él, éste le contestó:
–– “Padre, he perdido casi todo en la guerra, pero jamás he dejado marchar a un sacerdote con las 
manos vacías. Aquí tiene cinco florines, es todo lo que puedo darle”. Y añadió: “Soy alemán”.
El sacerdote se disculpó por haber pedido algo para Francia.
–– “No tiene por qué disculparse usted –prosiguió el alemán–, yo perdí tres hermanos en la guerra 
contra Francia, más no por eso he de odiar a su País”.