Al gusto de Dios

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Una enferma llevaba cuarenta años en la cama. Ella llama a la enfermedad “don de Dios”, “delicia” y 
“tesoro”. Cuando el sacerdote visitante le dice que debe ser duro ejercitarse tanto en la paciencia, 
responde: “Es dulce, es suave, lo da el Amado”.
No le pide nunca a Dios que le quite los dolores. Su norma es “al gusto de Dios, no al propio”. Se 
siente como un riachuelo oculto por el matorral, que puede fecundar la tierra.