Juzgados en el amor

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El amor es el único mandamiento que tenemos los cristianos, lo más importante. Carlos Carreto 
cuenta: “Una tarde encontré en el desierto a un anciano que temblaba de frío. Parece extraño hablar 
de frío en el desierto, pero era así, tanto que la definición del Sahara es: País frío donde hace 
mucho calor cuando hay sol.
El sol se había puesto y el anciano temblaba. Yo tenía dos mantas, las mías. Dárselas quería decir 
que sería yo el que temblaría. Tuve miedo y me quedé con las dos mantas para mí.
Durante la noche no temblé de frío, pero al día siguiente temblé por el juicio de Dios. 
Efectivamente, soñé que había muerto en un accidente, aplastado por una roca, al pie de la cual 
había quedado dormido.
Con el cuerpo inmovilizado, pero con el alma viva –y qué viva estaba– fui juzgado. La materia del 
juicio fueron las dos mantas. Fui juzgado inmaduro para el Reino de los cielos. Yo, que había negado 
una manta a mi hermano por miedo al frío de la noche, había faltado al mandamiento de Dios: ‘Amarás 
a tu prójimo como a ti mismo’. En realidad, había amado a mi piel más que a la suya”.